De la economía política del Imperio a la filosofía latinoamericana de la dependencia

Mario Saenz
Le Moyne College

La ideología globalista y la crítica del imperio de Hardt y Negri nos vienen de diferentes extremos del espectro político. Mientras que el primero le canta panaceas al capitalismo global, el segundo busca métodos revolucionarios de vencerle. Pero comparten un punto en común: la globalización es total y la realidad no es, por tanto, dialéctica.

… [E]l fin de la historia al que Fukuyama se refiere es el fin de la crisis en el centro de la modernidad, el conflicto coherente y definitorio que fue el fundamento y razón de ser de la soberanía moderna.. La historia ha finalizado precisamente y solo en el sentido concebido en términos hegelianos: como el movimiento de una dialéctica de contradicciones, un juego de negaciones absolutas y subsunciones. Los binarios que definían el conflicto moderno se han empañado. El Otro que podría delimitar a un Yo moderno soberano se ha fracturado y desdibujado , y no hay más un exterior que marque el lugar de la soberanía.

En este artículo critico ambas posiciones: la primera por su mito sobre un mundo más integrado y mejor, la segunda por su rápida transición de imperialismo al imperio dejando atrás formas “territorializadas” de resistencia radical y teoría revolucionaria (desde la toma popular de mecanismos de estado hasta la teoría de la dependencia con conciencia de clase).

El neoliberalismo global ha sido mejor conocido por los cambios políticos y sociales con los cuales ha sido asociado. El decaimiento del “estado-benefactor” (welfare-state) ha sido interpretado por algunos como el ocaso del estado-nación mismo, mientras que el consecuente aumento en la facilidad del capital de moverse a través de fronteras ha llevado a algunos a hablar de la aparición de “mundos fenomenales compartidos” (David Harvey y Anthony Giddens), así como el surgimiento de una sociedad de red informática global (Manuel Castells). Pero es en la economía donde se revelan sus verdades más profundas. En vez de destruir al estado-nación, lo ha transformado en un órgano directriz para las privatizaciones, ya sea por medio del terrorismo (Chile bajo Pinochet) o de las leyes de las democracias burguesas. En muchos casos, el capitalismo global se ha establecido como la norma, inscrita en el cuerpo político, y en los comportamientos de la clase trabajadora en la medida que ésta internaliza la nueva disciplina laboral de competencia global o migraciones inter-estatales. En este sentido podemos hablar de un mundo fenoménico compartido: El capital, en la forma de capital-dinero, capital-mercancía y capital-productivo circula libremente y su libre circulación se presenta como el orden natural de las cosas.

La ideología de la globalización, es decir, de un mundo más integrado, gozando los beneficios de tecnología de punta con crecimiento en el consumo de artículos hechos con recursos no-renovables, bajo condiciones de una idealmente completa comodificación de la vida, acompañada de una proyectada privatización total de la producción de mercancías, tiene que ser contrastada con la realidad económica de exclusión y la dramática condición de pobreza para la mayor parte del mundo. No todos los botes se han alzado con la marea alta de la ideología neoliberal: 1,200 millones viven en la pobreza aguda o extrema. Áunque éso representa una reducción de 200 millones desde 1970, han habido en los últimos 30 años un crecimiento en la pobreza general de unos 500 millones, llegando así a los 2,500 millones, y un crecimiento en la desigualdad global en los ingresos, a pesar de que el ingreso per capita ha crecido 38 % en ese mismo período. De acuerdo a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU, la desigualdad en los ingresos ha aumentado en Latinoamérica. Mientras que la rata de pobreza se mantuvo en 37 % de 1980 a 1997, la pobreza ha subido en términos absolutos, de 135 millones a 204 millones (de una población de aproximadamente 450 millones). Además, las plazas en el sector informal (irregular y no regulado) han aumentado hasta el punto que hoy en día 4 de 5 plazas se encuentran en ese sector. Dicho sea de paso, el número de personas que sufren pobreza aguda o extrema en lo que era el mundo socialista de Europa Oriental saltó de 0,3 millones en 1980 y 0,2 millones en 1990 a 15,7 millones en 1999, y el número de aquellos que sufren pobreza general creció de 6,4 millones en 1980 y 5,9 millones en 1990 a 72 millones en 1999.

La intensidad del comercio mundial, representada por su dramático aumento, la internacionalización de la producción (30 % del comercio internacional está compuesto del “intercambio a través de fronteras de partes y componentes semi-acabados” ), y la explosión de servicios a través de fronteras tales como servicios financieros, es naturalmente notable. La internacionalización de la producción doméstica es otra faceta importante de esta intensificación del comercio mundial. Así por ejemplo, en los países ricos como los Estados Unidos, el 70 % de su producción doméstica está sujeta a la competencia internacional (de 4% en los 1960). Esa situación ejerce presiones serias sobre el trabajo y crea condiciones en las cuales los trabajadores confrontan una disciplina laboral adaptada a las vicisitudes del mercado mundial, el cual trata de imponer con diferentes grados de éxito una ideología que es impermeable e intolerante a los retos lanzados contra el capital desde una perspectiva global. Ésto se explica por los esfuerzos en manipular la conciencia de los trabajadores para hacerles creer en la piel misma que están compitiendo por trabajos, no sólo con sus vecinos, sino también con trabajadores en otras partes del mundo.

Pero no debemos olvidar que, de acuerdo a Ankie Hoogvelt, no ha habido una extensión del comercio mundial que corresponda a su intensificación. Mientras que el número de países ha aumentado en los últimos 200 años, de tal manera que pareciera que la globalización ha aumentado la extensión del comercio internacional (simplemente porque hay más países comerciando), una división del mundo en ungrupo rico de países del centro y una periferia pobre revela que las parte del comercio mundial que corresponden a las gentes del centro y de la periferia se han mantenido notablemente estables. Así, mientras que las partes correspondientes (en las figuras de Kuznets citadas por Hoogvelt) del comercio mundial de mercancías fueron en 65 % y 18 % para las regiones desarrolladas y subdesarrolladas respectivamente en 1800, en 1913 fueron 74,3 % y 20 %, en 1953 fueron 68,9 % y 26,3 % (ó 65,1 % y 25,5 % en figuras de la ONU); en 1965 fueron 69,5 y 19,6; en 1975 fueron 66,9 y 22,5; en 1996 fueron 67,2 y 29,1. El salto grande en los últimos números citados para los países de la periferia se debió a la actividad económica de los llamados Tigres del Asia: Hong Kong, Corea del Sur, Taiwán y Singapur. Pero estas “economías recientemente industrializadas”, que representaron en 1996 un 10,8 % del comercio mundial, tienen una población combinada de 71 millones ó 1,5 % de la población mundial (en 1998, de acuerdo a estadísticas de la ONU). Es decir, mientras que la parte del comercio mundial correspondiente a los países periféricos en desarrollo era 20 % en 1913, al fin del siglo XX fue 18,3 %.

Lo que estamos viendo como un fenómeno global, a saber, el aumento de la marginalización, fue experimentada como un fenómeno nacional a principios de la era moderna con el surgimiento del capitalismo. El robo de tierras comunales y la pauperización de la población agrícola, al ser ésta robada de sus implementos de trabajo y de la tierra, fue hecho originalmente contra el grano de leyes ineficaces, comenzando en Inglaterra en los 1700 y continuando en la periferia (p. ej. América Latina) en los siglos XIX y XX. La pauperización contemporánea obedece a distintos procesos de transformacion, por supuesto, pero todavía dentro de la unidad del sistema capitalista; como hemos visto éstos son representados como fenómenos de marginalización y exclusión. Le añadiría al énfasis que hace Hoogvelt en los procesos sociológicos de la globalización (es decir, un mundo fenoménico compartido), el más básico fenómeno de pauperización como una condición para el plusvalor por encima del representado (fenoménicamente) por el “salario social” o “ético” en las regiones del “centro” durante el período fordista.

Antonio Negri y Michael Hardt sostienen que una forma de soberanía está emergiendo detrás de estos fenómenos de marginalización global y exclusión: Una forma de soberanía sin un centro territorial de poder o bordes fijos, y sin los tres mundos de la vieja ideología geo-política. Parece que para Hardt y Negri la diferencia esencial entre imperialismo e imperio radica en las categorías de poder estatal soberano y territorialidad. Bajo el imperialismo el estado-nación soberano e imperialista ejerce su poder central sobres sus propios y otros territorios, p. ej., el poder imperial de la Gran Bretaña sobre territorios en Africa, Asia y el Caribe.

Hemos sido testigos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, de acuerdo a Hardt y Negri, de una disminución del poder de estado soberano de las estados-naciones imperialistas, y del surgimiento del imperio. Imperio, contrastándolo al imperialismo, no tiene “centro territorial de poder”; es un “aparato de gobierno descentrado y desterritortializado que progresivamente incorpora el entero ámbito global dentro de sus fronteras abiertas y expansibles”.

Unos pocos años atrás, el filósofo colombiano Santiago Castro Gómez había articulado una posición similar, la cual él decribió como posmoderna: Del mismo modo, diría yo, que la posmodernidad de la existencia personal se ha caracterizado por la desarticulación del sujeto y de su papel central en la constitución de la realidad, así también en la condición política posmoderna el estado pierde, para Castro Gómez, su papel como la instancia central organizadora de los sistemas económicos, políticos y geográficos.

En Hardt y Negri encontramos también el uso de la división moderno-posmoderno como metáfora para la distinción entre imperialismo e imperio, por un lado, y el estado-nación moderno y organos de gobierno supranacionales, por el otro. De hecho, tomando prestada una crítica que Marx y Engels le hicieron al socialismo utópico como reaccionario en el contexto industrial, Hardt y Negri sostienen que el esfuerzo por reconstruir el estado-nación contra el capitalismo global es retrógrado. No obstante, Hardt y Negri mantienen silencio con respecto a la distinción fundamental entre los socialistas utópicos criticados por Marx y Engels, y la naturaleza reaccionaria del imperio contra el cual la gente lucha hoy en día. También, no parece haber para Hardt y Negri una clase revolucionaria que reemplazaría las ahora supuestamente reaccionarias luchas por la auto-determinación nacional de los países dominados, excepto por la emergente “multitud” heterogénea, compuesta de un proletariado redefinido como “todos aquellos explotados por la dominación capitalista y sujetos a ella” . Con respecto a luchas reales contra el imperialismo, Hardt y Negri nos dejan con lo siguiente:

La entera cadena lógica de representación podría ser resumida así: El pueblo representa a la multitud, la nación representa al pueblo y el estado representa a la nación. Cada eslabón es un esfuerzo por mantener suspendida la crisis de la modernidad. La representación en cada caso significa un paso más de abstracción y control. De la India a Algeria y de Cuba a Vietnam, el estado es el regalo envenenado de la liberación nacional.

¿Es eso verdaderamente lo que esas revoluciones significaron: esfuerzos por ponerle un freno a la crisis de la modernidad? Claro que fueron revoluciones modernas, pero ¿cómo defendería una revolución posmoderna a Cuba o a Vietnam del imperialismo estadounidense?

Es, creo yo, una expresión de “perspectiva del centro”, muy provincial (así como una meramente aparente objetividad, porque este tipo de conocimiento tiene el poder de crear la realidad a conocer), argumentar que el estado-nación se ha convertido en una herramienta reaccionaria que detiene las verdaderas posibilidades revolucionarias en el imperio de hoy en día. Es algo extraño encontrar tales absolutos en Hardt y Negri cuando enfatizaron que a menudo no se le ha dado valor a los movimientos que luchan contra el capitalismo. Pero es allí, donde los trabajadores y los pobres se han vuelto partícipes en el estado-nación, que vemos el florecer de lo que Hardt y Negri llaman la subjetividad. No es de extrañarse que es en la revolución bolivariana venezolana, y nó en los ONG que dicen no perseguir el poder del estado, dónde el imperialismo estadounidense encuentra el peligro real.

Hardt y Negri condenan todos los movimientos progresistas que buscan preservarse por medio del estado-nación. Parecen hacer ésto sobre la base de lo que es para ellos la ambiguedad de la liberación nacional: Por un lado, fue una lucha progresista contra el colonialismo; por el otro, se traga “el regalo envenenado”—el estado. Si es así, entonces Cuba, Venezuela y Vietnam están condenados a tener revoluciones que se marchitarán, no por la soberanía y el poder imperial, sino más bien por ser eminentemente reaccionarias. ¿Es ésto realismo o derrotismo? Creo que Hardt y Negri tendrían dificultades en mostrar cómo el imperio, aún si fuera la “máquina” del futuro, es más progresista que lo que estas revoluciones han alcanzado o están tratando de alcanzar. Pero aun si la llamada vieja izquierda ha de ser dejada, junto con la dialéctica, a la vera del camino que lleva a través del imerio hacia el fin del imperio, ¿cómo se explican Hardt y Negri el éxito de los llamados “tigres del Asia” si no toman en cuenta el papel central que el estado asumió en la economía o las medidas que asociaciones regionales inter-estatales tomaron para frustrar los designios del imperialismo económico de los Estados Unidos? Hasta en uno de los ensayos tempraneros de Gunder Frank vemos una propuesta de economía política notablemente parecida a lo que fue propuesto por Ankie Hoogvelt para contrarestar la hegemonía económica de los Estados Unidos (siguiendo esta autora el ejemplo de las economías orientales que han tenido más éxito).

Esta ausencia de alternativas prácticas en Hardt y Negri explica las agudas críticas contra su concepción de imperio por el aparente abandono de teorías sobre el imperialismo, a decir verdad por la posición que ellos toman de que el imperialismo ha sido sobrepasado por un Imperio descentrado y desterritorializado, la fuente del cual no se encuentra más en los centros imperialistas. Atilio Boron y James Petras han criticado a Hardt y Negri por la idea de éstos de un imperio sin imperialismo. No sólo crean Hardt y Negri a un pelele para representar a la izquierda tradicional en sus supuestamente ineficaces combates a nivel local contra lo que es nada más y nada menos que un proceso global, sino que también Hardt y Negri no pueden identificar al enemigo excepto por el atributo demasiado general de ser “un régime específico de relaciones globales” .

Áunque algunos de los criticismos que Boron le hace a Imperio parecen hallar respuesta en el texto mismo, por ejemplo, la afirmación de Boron que Hardt y Negri no están concientes de las dificultades de los emigrantes que tratan de viajar a países ricos como Francia y los estados Unidos, creo que Boron está correcto al culpar a Hardt y Negri por haber abandonado la idea de que el imperialismo es central y esencial para la realidad contemporánea.

El imperio puede ser la distinción característica del imperialismo contemporáneo, la declinación genitiva del imperialismo, por así decirlo, de tal manera que el imperio pertenece al imperialismo contemporáneo como una de sus características centrales y que así lo define. Una mejor expresión sería entonces la de Petras, “imperio con imperialismo” , para caracterizar la realidad de hoy, en vez de la transición absoluta que Hardt y Negri proponen cuando marchan del imperialismo al imperio.

Tienen Hardt y Negri buenas razones, sin embargo, para buscar las herramientas conceptuales que se necesitan para entender los fenómenos globales sociales y económicos contemporáneos. Me enfocaré en algunas de las razones Hardt y Negri ofrecen para mantener que el imperio se caracteriza por la ausencia de un espacio exterior. Por último ofreceré un enfoque alternativo para mostrar como una teoría de la dependencia puede articular los fenómenos que Hardt y Negri tratan de explicar.

De acuerdo a Hardt y Negri, una de las características de la sociedad contemporánea posmoderna reposa en la transición de la sociedad disciplinaria foucaultiana hacia la sociedad de control (también siguiendo Foucault), donde los bordes espaciales de las instituciones disciplinarias de la primera (p. ej., la clínica, la prisión, el hospital mental, la fábrica) se rompen y se diseminan a través de la sociedad, implicando no sólo la producción de objetos sino también la producción de la vida misma: la producción biopolítica.

Marx había hecho referencia de paso, pero germinal, a las características de la disciplina en la fábrica, notablemente en la manera en que el dualismo moderno de un “alma” dirigente, unificadora, sobre el trabajo asociado de los trabajadores a “detail” de las manufactureras se convierte en el orden natural de las cosas desde el punto de vista de los trabajadores mismos:

El avance de la producción capitalista desarrolla una clase trabajadora la cual por educación, tradición, costumbre, ve las condiciones de ese modo de producción como leyes manifiestas de la Naturaleza. La organización del proceso capitalista de producción, una vez que ha sido plenamente desarrollado, rompe toda resistencia…. Es distinto durante el génesis histórico de la producción capitalista. La burguesía en ascenso quiere usar y usa el poder del estado para “regular” los salarios, es decir, para forzarles, dentro de los límites adecuados, a crear plusvalor, alargar el día de trabajo y mantener al trabajador en un grado normal de dependencia.

Análogo a la concepción contemporánea de que existen estructuras suprapersonales (la escuela, la prisión, el hospital, la fábrica) que constituyen o producen la subjetividad humana en el acto mismo de disciplinar individuos para que funcionen mejor en un sistema, y que, además, se han convertido en nódulos para el libre flujo de producción biopolítica en una sociedad de control, así de esa manera ni siquiera permitiendo la continua existencia de un foro interno “exterior” a estas instituciones disciplinarias modernas, Hardt y Negri desarrollan la idea de una naciente estructura imperial en la edad de la globalización en la cual nuevos mecanismos tecnológicos y formas de capital, tales como el capital financiero, constituyen o producen órganos de poder (p. ej., el FMI, el Banco Mundial, la OMC) que, o circunvalan el estado-nación, o lo reducen a, en las palabras de Manuel Castells, un nódulo dentro de una red de flujos en una sociedad de informatización. Así, el estado pierde algunas de sus funciones de bienestar social y centralizadoras para un mejor flujo del capital. En ese sentido, puede uno hablar de desterritorialización. Algunas funciones, particularmente aquellas del estado-benefactor, son tomadas de la esfera de regulación territorial porque una de las características esenciales del territorio se ha perdido, a saber, el espacio alrededor de un centro que es configurado como la “instancia organizadora central” de la vida política y social, así como también el árbitro de conflictos entre clases.

Pero un árbitro no tiene que ser neutral, como lo hemos aprendido con respecto a la conducta de la OEA hacia la Revolución cubana o de Human Rights Watch hacia la Revolución bolivariana en Venezuela. Parece existir en el pensamiento posmoderno un énfasis exagerado en la diferencia y en las relaciones, sin las matrices dentro de las cuales aquellas tienen sentido. La “descentralización” de las relaciones del poder que caracterizaron al “estado-benefactor” y el reforzamiento de operaciones del estado-policía contra los pobres responden a la lógica de la economía neoliberal tanto como las leyes contra la vagancia, que fueron conjuntas con las prácticas de caridad semi-oficial hacia los trabajadores para que éstos pudiesen alcanzar lo mínimo requerido para la subsistencia física, y por tanto para la creación de plusvalor, fueron útiles en la legitimación de las funciones del estado durante le ascenso del capitalismo en Inglaterra. La “naturalización” de la fuerza del capital requiere de esa fuerza misma si ésta ha de ser interiorizada.

Es de notar que Hardt y Negri se basan en gran parte en las teorías de Luxemburg y de Lenín para explicar el surgimiento de lo que ellos han denominado imperio.

Hardt y Negri enfatizan que para Luxemburg el capitalismo necesitaba un medio no-capitalista para aquel realizar plusvalor; de allí, la creación del imperialismo de “consumidores externos como otros-que-capitalistas” .

Ella también vio en este proceso lo que Marx y Engels habían visto en El manifiesto comunista, a saber, la tendencia hacia la proletarianización del medio no-capitalista, su capitalización. En otras palabras, había un pasaje de la subsunción formal del trabajo colonizado bajo el capital a su subsunción real: Del robo, pillaje y la explotación de materias primas como capital constante a la transformación del poder laboral de los pueblos colonizados en capital variable. No obstante, es aquí, en este pasaje, que el capitalismo se quebranta, de acuerdo a Luxemburg:

Lo más violenta, implacable y completamente que el imperialismo causa la caída de las civilizaciones no capitalistas, lo más rápidamente que remueve las bases de la acumulación capitalista. Áunque el imperialismo es el método histórico para prolongar la carrera del capitalismo, es también el medio seguro de llevarle a un rápido fin.

Este descubrimiento requiere teóricamente, dice Luxemburg, una reconsideración de las presuposiciones del Capital, especialmente del volumen II, el cual asume que “el mundo entero es una nación capitalista, que todas las otras formas de economía y sociedad han desaparecido”, que no existe por lo tanto un exterior al capitalismo.

Ya que la acumulación de capital se vuelve imposible en todos los puntos sin medios circundantes no-capitalistas, no podemos obtener un retrato fidedigno de ella si asumimos la dominación exclusiva y absoluta del modo de producción capitalista.

De acuerdo a Hardt y Negri, mientras que Luxemburg pensaba que el capitalismo no podía avanzar más allá del imperialismo, “Lenín, más que cualquier otro marxista, fue capaz de identificar el pasaje a una nueva fase del capital más allá del imperialismo, e identificar el lugar (o más bien, el no-lugar) de la soberanía imperial emergente” .

Para Lenín, dicen Hardt y Negri, el imperialismo es “una fase estructural en la evolución del estado moderno”, el cual es a su vez un mecanismo para la incorporación progresiva de una “multitud” en un “pueblo”. El imperialismo es por tanto para Lenín un “elemento hegemónico de la soberanía”.

Hardt y Negri mantienen que Lenín previó que, por medio del desarrollo del imperialismo, basado éste en la distinción interior-exterior, el exterior (al capital) sería eliminado en los países subordinados. “El capital tiene que eventualmente sobrepasar el imperialismo y destruir las barreras entre el interior y el exterior” . Por “interior” y “exterior”, Hardt y Negri quieren decir aquí de nuevo un medio capitalista y no-capitalista respectivamente. El imperio no sólo elimina el exterior por medio de una completa capitalización del mundo, pero también elimina la posibilidad de crítica desde el exterior. Lenín se dio cuenta que el momento había llegado cuando existían solo dos alternativas: “O la revolución comunista o el imperio…” . Para Hardt y Negri, las intuiciones de Lenín (¿o es más bien lo que ellos intuyen en el trabajo de Lenín?) prefigura la situación de hoy cuando el capital y la multitud se confrontan uno al otro a escala global, cada vez más directamente, cada vez menos mediados en esa confrontación por el estado:

Habiendo alcanzado el nivel global, el desarrollo capitalista es confrontado directamente por la multitud, sin mediación. De aquí que la dialéctica, la ciencia del límite y su organización, se evapora. La lucha de clases, empujando al estado-nación hacia su abolición y así yendo más allá de las barreras puestas por él, propone la constitución del Imperio como el sitio de análisis y conflicto…. El capital y el trabajo se oponen en una forma directamente antagónica. Ésta es la condición fundamental de toda teoría sobre comunismo.

¿Pero es el estado-nación de verdad abolido por el imperio? ¿Es esta concepción hiper-globalista de la relación entre el estado y el mercado mundial de hoy en día certera en lo que se refiere a una tendencia clara a corto plazo en el capitalismo?

Áunque hay buenas razones para pensar que el estado será abolido con el derrumbamiento del poder del capital, cualquier tendencia con ese resultado tiene que ser mediada por un proceso que requiera del estado-nación. Pero hoy la destrucción de estados-naciones expresa la estrecha relación entre el neoliberalismo económico, el gran capital y elementos protofascistas en las élites políticas de los estados-naciones imperiales. También la reducción o eliminación de espacios democráticos de la sociedad civil en su concepción estrecha (subsistemas políticos y legales burgueses) por las decisiones tomadas por oficiales no elegidos en, por ejemplo, la OMC, pueden ser mejor interpretadas como representativas de la pérdida de previas conquistas por la clase trabajadora y como una ventaja, en el juego de suma-zero que los neoliberales juegan, para el gran capital. El aparato de estado actua consecuentemente, y de acuerdo a su lugar en la jerarquía global de relaciones de poder.

Supongamos, de cualquier manera, que tal tendencia hacia el fin del estado-nación existe. ¿Ha sido explicada en los términos de la necesidad capitalista por la capitalización? ¿Pero por qué debería la necesidad capitalista por la capitalización requerir el marchitamiento del estado-nación y el ascenso de la constitución imperial? De requerir algo, me parece que necesitaría más aun el fortalecimiento del estado en dos de sus más significativos mecanismos: La represión y la propaganda. Los Estados Unidos es hoy un buen ejemplo de la unión de los dos: La ley “Patriot”, la tortura de prisioneros de guerra, y el desplazamiento de violencia de estado organizada para la supresión de manifestaciones anti-imperialistas en Sadr City y de manifestaciones an contra de la globalización capitalista en Miami, han sido complementadas con una ideología imperialista ultra-nacionalista, lo que es llamado “patriotism” en los Estados Unidos.

¿No podría esa tendencia ser mejor explicada como una novedosa expresión a flor de piel de la relación ente centro y periferia al nivel del sistema-mundo? Es de verdad sorprendente, como Atilio Boron lo ha notado, que Hardt y Negri completamente ignoran la teoría de la dependencia, la cual desarrolla hipótesis sobre relaciones internacionales y globales, no en los términos de las relaciones entre naciones en sí, como si las unidades en las relaciones globales fuesen el fundamento capaces de existir en aislamiento y separables, por lo tanto, en su desarrollo o subdesarrollo de otras naciones, sino más bien, en los términos del estructuramiento de las relaciones y sistemas económicos para el beneficio de las regiones centrales del mundo, estén éstas organizadas como estados-naciones o, si Hardt y Negri están en lo cierto, no así organizadas en un futuro no muy distante.

De acuerdo a Hardt y Negre, teóricos del subdesarrollo

deducen una conclusión inválida: Si las economías desarrolladas alcanzaron articulación completa en aislamiento relativo y las economías subdesarrolladas se tornaron desarticuladas y dependientes por su integración a circuitos globales, entonces un proyecto para el aislamiento relativo de las economías subdesarrolladas resultará en su desarrollo y completa articulación. En otras palabras, como opción alternativa al “falso desarrollo” que los economistas de los países capitalistas dominantes alcahuetean, los teóricos del subdesarrollo promueven un “desarrollo real”, el cual supone desconectar a una economía de sus relaciones dependientes y articular, en aislamiento relativo, una estructura económica autónoma. Ya que las economías dominantes se desarrollaron de esta manera, ha de ser entonces el verdadero sendero para escapar el ciclo del subdesarrollo. Este silogismo, sin embargo, nos quiere hacer creer que las leyes del desarrollo económico trascenderán de alguna manera las diferencias en el cambio histórico.

Pero conceptos tales como el desarrollo autocéntrico y dependiente de dependentistas como André Gunder Frank no son usados por ellos para referirse al desarrollo independiente o aislado de un centro autocéntrico como modelo a seguir (desarrollo original desde un no-desarrollo). En vez de eso, tales conceptos buscan capturar el desplegamiento de la periferia en base de un subdesarrollo impuesto o, alternativamente, de un desarrollo autocéntrico proyectado.

Sin embargo, la dependencia de la periferia tiene que ver con el desarrollo estructurado de su economía para satisfacer los intereses del centro. A la inversa, el desarrollo del centro o metrópolis está predicado en la explotación de la periferia o satélites. Así que el mito del estado-nación que se desplega en y por sí mismo no es un concepto operativo en la teoría de la dependencia.

Todo intento de la periferia de desarrollarse autocentricamente requiere por supuesto un cambio en la relación, pero no necesariamente un aislamiento. De nuevo, el centro no se desarrolló en aislamiento de su explotación de la periferia. Enrique Dussel aptamente denominó esa noción de un desarrollo aislado del centro el “mito de la modernidad” .

Cuando Gunder Frank habla sobre la desconección de las economías satélites o dependientes, ya sea como una cuestión de hecho histórico o como propuesta política, se refiere él a un deseslabonamiento de su condición como economía dependiente, no a un desarrollo aislado de la economía mundial. Sus ejemplos en este contexto son a mi parecer ejemplos de economías que, por accidente en diferentes fases del colonialismo y del imperialismo, fueron acopladas débilmente a las metrópolis coloniales o imperiales. Ésto no esconde una propuesta aislacionista que es abstraída de las “diferencias en el cambio histórico”; al contrario, está íntimamente conectado a fenómenos globales característicos de fases colonialistas, imperialistas y expansionistas, cuando ciertos eventos debilitaron al colonialismo, o retardaron el expansionismo, o cuando el imperialismo capitalista nos llevó a guerras mundiales. De manera similar, cuando teóricos de la dependencia hacen referencia al desarrollo autocéntrico de la economía capitalista en Europa, la referencia para la mayoría de ellos es a un desarrollo que no estuvo eslabonado a otro centro con el cual era dependiente. Más bien, ya sea como causa o como efecto, el desarrollo del capitalismo en Europa está obviamente “conectado” al saqueo de América, Africa y Asia. Es claro que éso no es un desarrollo bajo condiuciones de aislamiento.

La caricatura de la teoría de la dependencia dibujada en Imperio nos ayuda indirectamente a darnos cuenta que Hardt y Negri tratan y fallan en desarrollar un paradigma conceptual para cimentar la transición del imperialismo al imperio. Colegimos, es verdad, numerosas referencias y sugerentes comentarios sobre la decadencia del fordismo, el surgimiento de una consitución imperial, la manifestación de nuevas formas de resistencia. Pero también leemos enunciados algo vagos sobre el fin de la dialéctica (la principal crítica contra Fukuyama, i.e., ¡que sus opiniones no son ya pertinentes en la era pos-dialéctica!), el reemplazo del topo de Marx por la undulante culebra posmoderna de las luchas por la liberación que no comunican la universalidad de sus principios y fines una a la otra, etc. Pero el mecanismo preciso de esos cambios, ya sean reales o imaginados, no es elucidado.

El paradigma conceptual de la teoría de la dependencia, un paradigma que debe ser complementado con el análisis de clase, como muchos serios dependentistas de Gunder Frank a Enrique Dussel han hecho, podría ser útil aquí. La desarticulación de lo que se convirtieron en economías periféricas y su rearticulación en un sistema-mundo debería apuntarnos hacia una reconceptualización del papel del estado-nación dependiente en una variedad de situaciones: De mere estado clientelista del capitalista metropolitano; a representante de ciertos sectores de la burguesía dependiente que trata de romper sus nexos de dependencia (su estatus lumpen, en la terminología de Gunder Frank) con la metrópolis; a una matriz llena de contradicciones en la unión de políticas burguesas “autocéntricas” de sustitución de importaciones, movilizaciones obreras, y redistribución egalitaria en la medida en que se incorporan al mismo tiempo elementos burgueses nacionalistas y socialistas dentro del estado, ya sea en la estela de guerras nacionales de liberación o en los esfuerzos para alcanzar un desarrollo autónomo de los 1940 a los 1980 en varios lugares de Africa, Asia y América Latina.

La disolución del estado-nación en general, o del estado-nación imperialista en particular, no es una de las características de la globalización. Al contrario, el estado-nación está cambiando sus funciones de nuevo, esta vez para representar directamente (¿una vez más?) intereses corporativos globalizantes bajo el velo de una ideología globalista que reduce las libertades civiles a las vicisitudes de un mercado global a beneficio del gran capital. Este cambio de funciones del estado puede en parte explicar cómo, por ejemplo, los países de la Unión Europea se hicieron entre 50 y 70 % más ricos de 1980 a 2000 mientras que, en ese mismo período, sufrían severas crisis en sus sistemas de bienestar social. Gobiernos representativos del capitalismo neoliberal “están teniendo dificultades crecientes en cobrar impuestos a las ganancias de las corporaciones” .

Además, a pesar de que el gran capital (pero no todo el capital) puede moverse más libremente bajo condiciones de globalización, también es el caso que restricciones a la migración del trabajo se mantienen. Si uno le añade a esta restricción la muy importante característica del libre flujo del capital, a saber, que el capital más fuerte generalmente destruye y absorbe al más débil, entonces las crisis de los países pobres tienden a convertirse en sistemáticamente insoportables. La privatización de industrias y el desmantelamiento del estado-benefactor en los países pobres lleva a una pérdida dramática de capital doméstico en esos países, o a la super-explotación del trabajo para competir con el capital más eficiente de los países ricos.

El empeoramiento de las condiciones de trabajo, el desempleo masivo y la reducción de la democracia a un ejercicio electoral formal bajo condiciones de extrema pobreza han comenzado a caracterizar las situación de muchos países latinoamericanos en los últimos 20 años. De hecho, hace 10 años los neoliberales señalaban a Latinoamérica como un ejemplo de la exitosa implementación de las políticas de mercado impuestas por el FMI y articuladas en el llamado Consenso de Washington (con énfasis en Washington). Hoy, la dependencia tecnológica ha aumentado, mientras que influjos de capital no siquiera se aproximan a las cantidades necesarias para pagar el interés de la deuda externa.

Con vista a esta situación, es importante repensar las relaciones contemporáneas de acuerdo a los principios de la teoría de la dependencia, contrario a lo que los desarrollistas y los posmodernos piensan sobre su continua relevancia o carencia de ella.

La teoría de la dependencia tiene, agrandes trazos, componentes filosófico-culturales y económicos. Los discuto brevemente en lo que sigue.

No debemos descartar la obvia correlación entre los dos. Como un ejemplo de esta correlación de dependencia económica y dependencia socio-cultural se se pueden mencionar las ideas del argentino Juan Bautista Alberdi (1810-1884), uno de los más significativos filósofos de la Latinoamérica del siglo XIX, bien conocido por su llamado a la creación de una filosofía práctica (aplicada) en América basada en el pensamiento europeo, así como por su propuesta de adaptar las ideas del liberalismo económico y político a este continente.

Alberdi asoció, en una relación proporcional directa, la emigración de europeos a América con el orden económico liberal. Sus ideas sobre un mestizaje desde abajo eran explícitamente negativas. Contrasta por un lado los “superiores” (para él) orden económico liberal e inmigración europea blanca con los “inferiores” (de nuevo, para él) proteccionismo económico y mestizaje, por el otro, todo esto dentro de un contexto sexista. Me parece ese contraste una afirmación clara de que la definición “formal” del estado promovida por el liberalismo era en realidad una preferencia muy “material” por un grupo sobre y contra la mayoría. También nos sugiere que la dependencia ideológica de muchos de los latinoamericanos “románticos” era más que una expresión de apoyo a las ideas producidas en Europa o en los Estados Unidos. También implicaba la opresión activa y la marginalización de la mayoría de los latinoamericanos y su expresiones culturales. En un pasaje de su libro El crimen de la guerra, Alberdi propone libre comercio y lo que hoy llamamos globalización, en una síntesis con ideales sexistas y racistas:

La industria de una nación que pide al gobierno protección contra la industria de otra nación que la hostiliza por su mera superioridad, saca al gobierno de su rol y da ella misma prueba de su cobardía vergonzosa.

El gobierno no ha sido instituido para el bien especial de este o aquel oficio, sino para el bien del Estado todo entero. El gobierno no es el patrón y protector de los comerciantes, o de los marinos, o de los fabricantes; es el mero guardian de las leyes, que protegen a todos por igual en el goce de su derecho de vivir barato, más precioso que el producir y vender caro.

Limitar o restringir la entrada de los bellos productos de fuera, para dar precio a los productos inferiores de casa, es como poner trabass a la entrada en el país de las bonitas mujeres extranjeras, para que se casen mejor las mujeres feas nativas del paíss; es impedir que entren los rubios y los blancos, porque los mulatos, quienes forman el fondo de la nación, serán excluidos por las mujeres, a causa de su inferioridad.

Esta conjunción de liberalismo laissez faire, racismo y sexismo podría parecer conjunción arbitraria y accidental de discursos, disciplinas y perjuicios los cuales estamos a unos pocos pasos de transcender en el movimiento contemporáneo hacia la globalización y un renacido liberalismo económico. Sin embargo, Alberdi y muchos otros representantes intelectuales del capitalismo y el imperialismo tomaron la conexión de presumida superioridad europea en cultura, raza y política económica como una conjunción empíricamente verdadera.

El recientemente fallecido filósofo mexicano Leopoldo Zea (1912-2004), fue el primer filósofo latinoamericano que analizó sistemática y extensivamente esa actitud intelectual de negación enajenada de la realidad “interna” como un peculiar esfuerzo por intelectuales latinoamericanos de negar su ser en nombre de su conciencia (a decir verdad, conciencia-para-otro). Al fin y al cabo, los latinoamericanos eramos, de acuerdo a Alberdi, “Europeos nacidos en América” . Este proyecto de occidentalización, en vez de sobrepasar el pasado colonial y las circumstancias nacidas de él, estaba destinado a recrearlo de otras maneras como una forma de dependencia en la supuesta filosofía universal, pero en realidad en un pensamiento eurocéntrico, nos dice Zea.

Zea ha propuesto lo que él llamó un proyecto asuntivo: es decir, una asimilación del pasado y nuestra circunstancia americana como nuestra, en vez de continuar tratando de cortarnos tajante y formalmente de ellos. Basándose en las enseñanzas del español trasterrado José Gaos, quien había sido estudiante de José Ortega y Gasset antes de la victoria del fascismo en España, el “yo” ideal (el segundo “yo” de la definición Ortegueana, “yo so yo y mi circunstacia” ) se separa del “yo” circunstancial—un “yo” que no aparece como “yo”, sino más bien como lo-del-sujeto—“mi circunstancia”. Pero no está claro quién es el “yo” (o el “nosotros” intersubjetivo, ya que Zea está haciendo referencia a la idea de una identidad cultural auténtica) en este proyecto para reclamar nuestra identidad. El latinoamericanismo de Zea, su crítica a la interferencia foránea en los asuntos latinoamericanos, particularmente por los Estados Unidos, es admirable. Fue en el siglo XX una de las afirmaciones más influyentes sobre nuestra identidad que recuperaba elementos importantes de nuestra historia intelectual. Pero topa con su límite cuando los retos a la identidad latinoamericana vienen desde Latinoamérica, específicamente de esos sectores que no forman parte de la historia visible del estado-nación.

Es importante afirmar un liberarse de la dependencia y dominación externa, como se hace en concepciones historicistas de la identidad latinoamericana ( la posición de Zea), pero al mismo tiempo también cuestionar el significado de esa identidad en relación a la colonización interna y la desigualdad económica. En la Ética de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión por Enrique Dussel se representa una liberación de marginados o explotados desde una afirmación originaria de sus vidas formalmente excluídas y materialmente negadas por sistemas de dominación. Es por eso que la afirmación de las vidas negadas por sistemas contemporáneos de dominación requieren la reconstrucción económica y política desde las víctimas de esos sistemas pero como constructores de nuevas comunidades y prácticas de liberación. Filosóficamente, la afirmación que Dussel hace de lo negado por sistemas de dominación pasa por tanto de ser una filosofía de la identidad a una de la alteridad.

La economía de la teoría de la dependencia se desarrolló en parte como una teoría anti-desarrollista con el desplegamiento de los debates de mediados del siglo XX. Para los desarrollistas, el subdesarrollo es una etapa original y el desarrollo de los países subdesarrollados tiene que ser “generado o estimulado por la difusión del capital, instituciones, valores, etc., a [esos países], desde las metrópolis internacionales y nacionales capitalistas” . Pero, sostiene Gunder Frank, una distinción debe ser hecha entre no-desarrollado (una fase verdaderamente “original”) y subdesarrollado.

Subdesarrollo es el resultado de estructuras coloniales y neocoloniales que forman o deforman de tal manera la economía de los países o regiones subordinados (es decir, periféricos o satélites), que aquellas funcionan de acuerdo a los intereses de los países o regiones dominantes (es decir, las metrópolis o las regiones del centro). La teoría sostiene que el subdesarrollo y el desarrollo desigual pueden ser “distorsiones” o “deformaciones” del desarrollo, pero aun así, son “sistémicas” a las relaciones entre países y regiones del mundo.

Disfunciones tales como la pobreza, el desempleo alto, los salarios bajos y las dislocaciones económicas, son producidas y reproducidas por patrones de dominación ejercidas por los países o regiones del “centro” (o los países colonialistas y neocolonialistas) sobre el “tercer mundo” para el beneficio del aumento de la riqueza de la clase capitalista de las regiones del centro (ya sea en los tiempos coloniales, neocoloniales y poscoloniales). Las consecuencias resultantes, de acuerdo a la teoría, son patrones de desarrollo en los países periféricos que están subordinados a las necesidades e intereses de la clase capitalista de los países del centro; estos patrones de desarrollo no responden a las necesidades e intereses de los pueblos de la periferia. La región periférica se convierte en instrumento para succionar plusvalía económica de los trabajadores de la periferia para las corporaciones multinacionales. Durante el período fordista, estas super-ganancias hicieron posible en parte el “salario ético” o “social” en los países del centro; en el período posfordista, la situación es más caótica, ya que los salarios bajos del mundo periférico hacen posible bajar los salarios de los trabajadores de los países del centro, al mismo tiempo que se acrecientan indirectamente las ganancias capitalistas (y la pobreza de los trabajadores) con el desmantelamiento del estado-benefactor.

El mecanismo de esta transferencia de plusvalor de la periferia al centro se basa en diferencias en la composición orgánica del capital, de acuerdo a Enrique Dussel. A una relativamente mayor composición orgánica del capital corresponden una producción tecnológicamente más avanzada y un trabajo más productivo, así como un valor más bajo transferido del trabajo vivo usado en la producción a las mercancías producidas por él y, por lo tanto, un valor relativamente menor de esas mercancías. Inversamente, a una relativamente menor composición orgánica del capital corresponden una producción tecnológicamente menos avanzada y un trabajo menos productivo, así como un valor más alto transferido del trabajo vivo usado en la producción a las mercancías producidas por él y, por lo tanto, un valor relativamente mayor de esas mercancías. Siguiendo la teoría de Marx, Dussel sostiene que la más alta composición orgánica del capital de las naciones más desarrolladas permite al capital de esas naciones vender mercancías por encima de su valor (para ese capital en particular) y, aun así, más baratamente que las de sus competidores cuando entablados en competencia externa. Por lo tanto, el plusvalor es transferido de las burguesías de las naciones más pobres a las burguesías de las naciones más ricas; o, más exactamente, del proletariado de las regiones más pobres a las burguesías de las regiones más ricas.

De acuerdo a Dussel, la competencia transfiere plusvalor vía la igualización de los precios, no de los valores: Primero, diferentes valores de las mercancías producidas por diferentes capitales son puestas, y este es el segundo punto, cara a cara en la competencia; esto lleva, tercero, a la igualización de los precios de las mercancías en competencia, y, así, a obtener el promedio de las ganancias al sacar la media de los precios; pero, cuarto, ésto resulta en la obtención, por el capital más desarrollado, de un precio más alto para sus mercancías de el actual valor de ellas y, por contraste, en la obtención por el capital menos desarrollado de un precio para sus mercancías por debajo de su valor. En resumen, el capital más desarrollado vende sus productos por encima de su valor y el menos desarrollado por debajo de su valor, cuando en competencia entre sí.

Ésto lleva a Dussel a redefinir la teoría de la dependencia de acuerdo a la teoría económica de Marx:

[L]a dependencia … consiste en la relación social internacional entre burguesías poseedoras de capitales globales nacionales de diverso grado de desarrollo. En el marco de la competencia, el capital global nacional menos desarrollado se encuentra socialmente dominado (relación de personas), y, en último término, transfiere plusvalor (momento formal esencial) al capital más desarrollado, que lo realiza como ganancia extraordinaria.

Ésta me parece ser la condición económica fundamental que cimienta ambos, el impulso por importantes sectores de la “intelligentsia” (p.ej., juristas, académicos, profesionales, los oficiales de las instituciones religiosas), especialmente de las regiones del centro, hacia la extensión de la democracia formal, así como su intolerancia hacia la intensificación y extensión de mecanismos democráticos para que éstos incluyan una redistribución global de los ingresos y de la riqueza.