LA MUJER EN CALAKMUL: la Tierra del jaguar

Elisa Lomelí Curiel
Karina Ochoa
Domingo, Octubre 1, 2017

Cuando me invitaron a presentar esta ponencia en el Congreso “Mujer y la Globalización ” intuí que hablar de las mujeres en el municipio de Calakmul, Campeche, era un reto que valía la pena asumir, pues los procesos organizativos que llevaron a las mujeres indígenas y mestizas a figurar como actores fundamentales de las movilizaciones sociales, deben rebasar las fronteras locales y visibilizarse en otros escenario de trascendencia nacional .

Compartir con todos y todas ustedes la experiencia de vida y lucha de las mujeres que llegamos a la selva tropical campechana hace apenas unas décadas, resulta por demás complicado si consideramos que la región surita del estado de Campeche es una zona de reciente poblamiento, que como resultado de los programas de colonización, reunió a pobladoras y pobladores de 26 estados del país, hablantes de 17 lenguas indígenas, entre las cuales destacan: el chol, el tzeltal y maya peninsular o yucateco.

La particular historia de colonización provocó que ese territorio se convirtiera, en menos de tres décadas, en una verdadera torre de Babel, que desató un sin número de dificultades y retos, pero también una amplia gama de experiencias que, sin duda, enriquecieron las acciones colectivas que se sucedieron en la región en los últimos veinte años.

Pero la realidad que vivió la región después de la década de los sesenta-sesenta, no sólo se tornó compleja por la diversidad de pobladores y pobladoras que nos asentamos en el nuevo territorio, sino también por las carencias y la falta de infraestructura básica para cubrir las necesidades más apremiantes. Esta situación obligó a que (después de un periodo de adaptación) las mujeres y los hombres que arribamos a estas tierras, recurriéramos a estrategias de cooperación para generar respuestas a nuestra demanda de atención estatal, dando lugar así, a la confluencia de diversas comunidades en torno a la movilización que exigió la solución inmediata a las carencias existentes (por ejemplo, las relacionadas con el agua para el consumo humano, ya que en la zona existe una severa carestía del vital líquido).

Sin duda, los procesos de organización social y política en Calakmul han sido arduos pero necesarios, ya que los y las colonizadoras llegamos a un territorio cuya historia y características físico-naturales impidieron por siglos los asentamientos humanos. Por ello, no fueron pocos los momentos y las situaciones que produjeron esfuerzos organizativos, donde las mujeres tuvimos un papel fundamental. En este contexto, surgen el Consejo Regional Indígena y Popular de Xpujil (CRIPX) y la Sociedad Cooperativa de Producción Agropecuaria S^Cajel Ti Matye´el (Amanecer en el Campo), organizaciones que no podrían entenderse sin una de las experiencias organizativas más relevantes en la región: las comunidades eclesiales de base (CEBs).

Trazando rumbos: de la vía pastoral al reclamo social

Desde la aparición en Calakmul de las comunidades eclesiales de base (CEBs), en la década de los ochenta, se impulsaron importantes procesos autogestivos al interior de las comunidades rurales que se establecieron en la región apenas unos años atrás. Las CEBs fueron el motor de una coordinación a nivel regional sin la cual sería imposible comprender ciertos fenómenos organizativos que con posterioridad se forjaron en la región.

La institución pastoral en Calakmul promovió, desde sus primeros años, la capacitación de grupos de jóvenes -hombres y mujeres- de diversas comunidades. Posteriormente, se dio a la tarea de impulsar la organización comunitaria en cada uno de los nuevos poblados.

La estructura organizativa de la comunidad religiosa, en un primer momento, se articuló bajos la tutela del presbítero José Martín del Campo, quien, desde su llegada a Calakmul, recorrió cada uno de los poblados y, junto a algunos matrimonios que lo acompañamos en su travesía, comenzó a sembrar la semilla que dio sus frutos en la organización de las comunidades.

Cuando iniciamos la catequesis, la mujer indígena, no sé si por tradición o costumbres, no salía a participar. Ello representó un verdadero reto para la iglesia y para todos los que apostamos a esta vía. El objetivo fue entonces insertar a las mujeres al trabajo eclesial.

Con la ayuda de la fe, los hombres fueron aceptando de buena manera que ellas participaran. Es más, yo siento que algunos maridos se sentían orgullosos de que las mujeres fueran parte activa de este proceso.

Las estrategias que utilizamos no sólo posibilitaron que, en un corto tiempo, las mujeres indígenas se involucraran en los trabajos pastorales, sino que se les percibiera como sujetos fundamentales de la actividad social y religiosa.

En este sentido, el trabajo pastoral fungió como vehículo de encuentros y reconocimientos, el primero de ellos: que las diversas comunidades asentadas en Calakmul compartíamos necesidades y carencias (como la del agua). Quizá por eso, para los animadores, animadoras y feligreses, resultó imposible establecer una frontera entre el trabajo eclesial y la acción política de nuestros pueblos, ya que las dificultades de habitar la selva no podían obviar las profundas penurias materiales y el olvido al que nos tenían sometidas las instituciones.

Los aventureros y aventureras que nos atrevimos a colonizar la selva campechana, pronto nos dimos cuenta de que las posibilidades de subsistencia en lo individual se reducían sustancialmente. Por eso, pensar en el colectivo: en la comunidad, el poblado o el grupo, ampliaba las opciones para resolver las necesidades y demandas más apremiantes.

De esata forma, el nosotros comenzó a formar parte del repertorio subjetivo y concreto de los pueblos y sus integrantes.

Paradójicamente, la contribución más importante de las CEBs no fue, en el ámbito espiritual sino en el social.

En este sentido, es preciso reconocer dos importantes implicaciones del proceso iniciado por las comunidades eclesiales de base:

Primero, la experiencia de las CEBs marcó un precedente organizativo que, años más tarde, motivaría algunos de las más relevantes protestas sociales en la región. El trabajo pastoral había demostrado que la coordinación (intra y extra-comunitaria) ayudaba a potenciar las solidaridades y la cooperación, con miras a alcanzar ciertos satisfactores.

Segundo, la creciente participación de las mujeres en el ámbito eclesial fue gestando importantes cambios al interior de las comunidades. Uno de ellos se refiere al hecho de haberse posesionando en espacios sociales desde los cuales pudieron hacer valer su voz como mujeres, a la vez que proyectarse como integrantes activos de la vida en las colectividades.

Vale decir, que la experiencia de las CEBs se tradujo con posterioridad en la aparición de espacios públicos y sociales, abiertos a la participación de las pobladoras. Por ejemplo, como parte del trabajo misionero se organizaron grupos de mujeres indígenas y mestizas en las diversas localidades que componen la región, mismos que se convirtieron en motor de iniciativas encabezadas por mujeres.

En múltiples localidades se formaron pequeñas cooperativas de producción, que en algunos casos, porque las condiciones así lo requirieron, se tuvieron que despojar del sentido religioso que inicialmente las impregnaba.

Los diferentes colectivos femeninos se coordinaban entre sí, cada seis meses, mediante reuniones regionales que tenían como objeto intercambiar las experiencias, problemas y formas en que se solucionaban éstos en cada grupo comunitario.

Así fue como el trabajo eclesial permitió que en la región se configurara un nosotras femenino, que años atrás se encontraba completamente desdibujado, pues como se mencionó con anterioridad, la historia de colonización de la selva tropical campechana hizo de ese espacio territorial una torre de Babel.

Al iniciar la década de los noventa , el padre José se desmarcó de los trabajos realizados por el grupo de catequistas, pues la Iglesia como institución ya no podía generar alternativas a los procesos sociales que empezaban a constituirse. Desde entonces, el trabajo pastoral de las comunidades eclesiales de base se fue disolviendo paulatinamente, hasta extinguirse por completo. Sin embargo, no todo se perdió.

Por ejemplo, La Sociedad Cooperativa S^c’ajel Ti Matye’el nace como resultado de las diversas iniciativas productivas que en las comunidades se habían impulsado a través de las CEBs. En 1992, un grupo de personas, recuperando los esfuerzos realizados en el pasado cercano, decidimos constituir la sociedad cooperativa, centrando nuestros esfuerzos en la apertura de molinos, tiendas de abasto y, posteriormente, de tortillerías.

Las expectativas de esta organización rebazó los límites religiosos para ubicarse en otros terrenos, aunque continuamos todavía por un tiempo prolongado, participando en el proceso de concientización mediante los espacios ya abiertos por la experiencia previa.

En1995 la cooperativa se constituyó legalmente, lo cual permitió conseguir recursos internacionales ante la dificultad de acceder a apoyos gubernamentales. Actualmente en la cooperativa se coordinan trabajos relativos a la producción y acopio de miel; proyectos de enriquecimiento de suelos; parcelas demostrativas; ecoturismo campesino; y a partir de 2002, con apoyo del Fondo Mexicano para la Conservación de la Naturaleza A.C. (FMCN), se iniciaron los trabajos del Centro de Formación Indígena y Campesino de Calakmul (CEFOINCAC), que capacita promotores comunitarios (hombres y mujeres, jóvenes y productores) en temas vinculados a la conservación de áreas forestales; manejo y control del fuego; reordenamiento territorial; planeación estratégica comunitaria, entre otros.

La gota que derramo el vaso

Esta larga historia de olvido por parte de las instituciones estatales y de oportunismo priísta, fue una bomba de tiempo que haría explosión en 1995, cuando una intensa sequía que aquejó a la región motivó la movilización de los pobladores y pobladoras. Bajo el objetivo de presionar a los gobiernos municipal y estatal para lograr una respuesta parcial a las peticiones de servicios básicos, como el del agua, cientos de campesinos e indígenas, en la semana Santa, comenzamos un vía crucis que culminó en el cierre de la carretera Escárcega-Chetumal.

Mauricio, indígena tzeltal de la Comunidad La Mancolona recuerda esta historia:

 … a través de una congregación de comunidades eclesiales de base, en varias ocasiones y reuniones se analizó la situación de la región sobre las necesidades principalmente (d)el agua y también muchas comunidades por asuntos de tierras. En aquellos tiempos se fue analizando en juntas de representantes de aquellas congregaciones de comunidades eclesiales de base de cada comunidad… Como era demasiadas las necesidades, fue surgiendo ideas que era necesario manifestarse ante el Estado, en este caso con el Presidente Municipal y el Gobernador del Estado. Ya después se analizó muy a profundo y se aprobó que se llevará una manifestación. Pero (…) para que no se dieran cuenta los de allá arriba, se empezó a organizarse a través de una vía Crucis (…) después de la celebración de la Vía Crucis , ya se encontraban más o menos organizado como se iba a empezar a manifestarse… Tomamos la carretera. Así fue como empezó a manifestarse la gente… la gente tardó como seis días, día y noche en esa carretera, exigiendo la presencia del gobernador para que viniera a ver la necesidad urgente de todas las comunidades que era principalmente el agua. La gente estaban muy animados, se fue aumentando la cantidad…, y empezaron a surgir ideas de que era necesario formar una organización para que el plantón que se había hecho se tomara como un principio y que se quedara como una historia. Ya después, con tanta mente que había, tantos comentarios, se aprobó el formar una organización, así fue y hasta ahora es la organización que existe . (CEAAL, et al, 2003. Documento inédito)1

Efectivamente, a raíz de la movilización del 14 de abril de 1995, nació el Consejo Regional Indígena y Popular de Xpujil (CRIPX), que aglutinó a más de 32 comunidades de la región, con 2800 socios y socias.

Como mencioné con anterioridad, el problema que originó la primera movilización masiva en Calakmul, y la posterior creación del CRIPX, fue la escasez de agua que recrudeció las precarias condiciones de vida de toda la población, pero el problema del agua pasaba directamente por las atribuciones socialmente reconocidas a las mujeres, por ello no es casual que el contingente inicial tuviera un rostro fundamentalmente femenino.

Incluso, uno de los acontecimientos más recordados por los participantes de la movilización,

“es cuando, una de las dirigentes del proceso, (en el plantón) obligó al Gobernador de Campeche a que tomara agua de charco, diciéndole que la bebiera para que pudiera entender la angustia y sentir de la gente ante la falta del vital líquido. Salomón Azar, quien en ese momento era el gobernador en turno, no tuvo más remedio que beberla ante el regocijo y asombro de la gente que lo rodeaba”. (CEAAL, et al, 2003. Documento Inédito)

Sin embargo, por las dimensiones y el curso que toma la movilización, las mujeres poco a poco nos vimos desplazadas de los espacios visibles de la protesta social. Para los momento de la negociación con el máximo representante del gobierno estatal, Salomón Azar García, los varones ya se habían posicionado dentro del proceso como los voceros legítimos de las poblaciones afectadas por la sequía. Esto, quizá, sucedió así porque hasta hace pocos años las mujeres de este país, no figuraban como sujetos públicos de la actividad política institucional.

Menciono esto, con toda honestidad, porque en nuestra experiencia no ha sido fácil que las mujeres indígenas y mestizas nos posicionemos en los espacios de representación formal e institucional. Y con esto no pretendo insinuar que las mujeres no participemos de forma activa y decidida en las iniciativas sociales y políticas de nuestras comunidades y región, o que no seamos agentes activos del cambio que cotidianamente se genera en nuestras comunidades, más bien, lo que me interesa destacar, es que todavía queda mucho por hacer para que las mujeres logremos ser reconocidas con una ciudadanía plena.

Sin embargo, para entender cabalmente las causas por las cuales las mujeres en Calakmul &&&, es preciso plantear algunas consideraciones.

Sobre indígenas y mestizas

Como resultado de la trayectoria teórica del pensamiento feminista, el debate sobre la subordinación de las mujeres se ha centrado en el problema de la distinción entre la esfera pública y la privada. Esta línea reflexiva es uno de los nodos centrales en las aportaciones del feminismo contemporáneo, en la medida que permite ubicar la disociación que existe entre la esfera de las necesidades (a decir, ámbito privado/doméstico) y la esfera de la razón (a decir, ámbito público), como la línea divisoria entre los espacios de la subordinación y la libertad.

En este sentido, mientras lo privado/doméstico es el espacio que se asigna a las mujeres (porque representa el reino de la necesidad y la reproducción), el de la razón (o sea, de la producción) es asociado al espacio público ocupado por los varones.

Sin embargo, diversas teóricas feministas, particularmente las estadounidenses2, han planteado que la dicotomía público/privado corresponde, más que a la realidad concreta, a una construcción ideológica y valorativa. Y en verdad es así, pues lejos de lo que se podría pensar, las mujeres de las comunidades rurales del Petén campechano, después de la colonización y el consecuente establecimiento de sus chozas, iglesias, escuelas, etc., no terminaron recluidas en el ámbito de lo privado/doméstico. Por el contrario, como se ha mostrado en las líneas anteriores, fueron agentes activas en los procesos colectivos que ahí se erigieron.

Y esto se debe a que en Calakmul las fronteras entre lo público y lo privado se ven trastocadas por el hecho de que las mujeres realizan, cotidianamente, labores productivas para el ámbito de lo público en espacios que se consideran privados o domésticos (como es el caso del trabajo artesanal o la crianza de animales de traspatio, cuyos productos en muchos casos se dirigen a los mercados locales o regionales). Asimismo, efectúan actividades reproductivas, vinculadas generalmente al espacio doméstico (como las referidas a garantizar la salud o la alimentación de la familia), que se resuelven en espacios públicos como son los centros de salud o comedores escolares, las cooperativas productivas o los grupos de trabajo.

En otras palabras, la producción para el ámbito público se ha forjado también desde los espacios privados y domésticos, y la acción privada se ha efectuado en espacios públicos que se constituyen en foros de intervención social para las mujeres.

Por tanto, la escisión entre el ámbito de lo público y lo privado -expresamente planteada por una vertiente de las teóricas feministas-, en lo concreto se encuentra mediada por una nueva esfera: la de lo social.

Y es que en el momento en el que se suscitaban las más profundas y duraderas transformaciones en el territorio calakmuleño, también se estaba conformando el espacio público como la esfera donde se organiza lo social; es decir, como el ámbito donde “se norma y sanciona, en un sentido amplio, lo que imaginariamente se percibe como concerniente a la colectividad” (Serret, 2001: 89).

De esta manera, no sólo aparece el espacio privado, referido al hogar y al reino de las reproducción; sino el espacio público, pero desde dos diferentes dimensiones de la acción y participación. Por un lado, está es espacio de lo público político o institucional, el cual está regido por la legalidad institucional, y se expresa, por ejemplo, en las asambleas ejidales, máximas instancias de deliberación donde excepcionalmente aparecen las mujeres, pues por lo general los poseedores de la tierra son los varones.

Y por otro lado, está el espacio de lo público social, donde las mujeres hemos participado de manera masiva a través de las organizaciones regionales (CEBs, CRIPX, Cooperativas, etc.), los grupos o colectivos de mujeres, y las cooperativas de producción: panaderías tortillerías, molinos, etc.

Las esferas de los público social y de los público político, representan dos ámbitos de actuación donde se proyectan diferentes concepciones de poder y de participación política. Mientras en la esfera de lo público social el poder se concibe como una situación de no dominio, en la esfera de lo público político es percibido desde una visión más cercana al concepto weberiano de poder.

Es decir, que en la esfera de lo público social el poder es entendido como un proceso de deliberación que descansa sobre el intercambio y la solidaridad, y “no supone constreñir al otro, (por lo que) no sería un poder sobre otro, sino un poder para algo”. Así, el poder se define como una situación comunicativa que “se alcanza mediante la persuasión, por medio de la cual intento que el otro/a acepte mis argumentos, en un debate (…), en el transcurso del cual se forman y clarifican las opiniones” (Sánchez M., 2001: 50-51).

La acción social en esta esfera de lo público, corresponde “a la capacidad humana, no simplemente de actuar, sino (de) actuar concertadamente” (Arendt, 1973: 146).

Por otro lado, en la esfera de lo público político, la idea de poder y dominio incorpora elementos de la racionalidad instrumental weberiana, en el sentido de garantizar la obediencia de los integrantes de la colectividad sobre mandatos que tienen como fin imponer o mantener un orden vigente. En este caso, la acción social se orienta a “la representación de un orden legítimo” (Weber, 1987: 25).

Y es justo en el espacio de lo público social donde las mujeres hemos logrado imprimir nuestro rostro femenino. Sin embargo, tenemos que reconocer que en lo público político o institucional los abismos siguen siendo enormes, pues la lógica del poder institucional ha cercado toda posibilidad de una participación genuina de las mujeres. Por esto nos queda claro que la ciudadanía de las mujeres indígenas y mestizas de Calakmul está trunca y que debemos luchas por una ciudadanía plena que rompa con la lógica del poder excluyente.

Como verán, algunas enseñanzas hemos tenido en este arduo caminar. Sabemos que todavía hay mucho por lo que debemos luchar. Pero también nos queda claro que no basta, únicamente, con obtener curules o aparecer en las papeletas electorales, pues la lógica del poder institucional ha opacado las mínimas iniciativas encabezadas por las pocas legisladoras comprometidas.

Uno de los retos que tenemos en puerta es justamente revalorar la acción política de las mujeres rurales, la cual se ha sustentado en la capacidad del poder para algo, frente al hegemónico poder sobre algo.

Para terminar, cabe mencionar que la emigración de los varones al paìs vecino del Norte, aumenta la inseguridad y sufrimiento en las mujeres de la regiòn. Contemplaremos sòlo tres aspectos por mencionar algunos:

 

  • Las mujeres y sus hijos quedan en el total abandono, ya que el esposo mientras no pague los miles de pesos que pidiò prestados, no envìa nada a la familia; gracias a que en algunos casos, la mujer cuenta con un poco de maìz para sobrevivir.
  • La presencia militar que acosa constantemente a las mujeres no importándoles si tienen hijos o son solteras.
  • Cuando el marido regresa a la comunidad ya trae otra forma de pensar y quiere olvidar sus costumbres, su lengua. Construye su casa en la cabecera municipal para dejar nuevamente a la familia e ir en busca del sueño americano. Imponiendo en la mujer la idea “superaciòn” olvidando su cultura.

 


NOTAS

1 El Documento referido anteriormente, cuyo título aparece como “Consejo Regional Indígena y Popular de Xpujil”, resultó de un proceso de sistematización de la experiencia del CRIPX apoyado e impulsado por el Consejo de Educación para Adultos en América Latina [CEAAL], INDESOL y Fundación FORD, y cuya coordinación de los trabajos estuvo a cargo de Esther Muñoz y un equipo de trabajo.

2 Ver Molina Petit, 1994. Dialéctica feminista de la Ilustración. Anthropos. España; C. Gould (comp) , 1983. Beyond Domination: New Perspectives on Women and Philosphy. Totowa , NJ , Rowman and Allanheld; L. Nicholson”Feminist Theory: The Private and The Public”, en C. Gould, op cit; y Pateman, Carole, 1995. El contrato sexual. Anthopos/UAM-I. España.